A Lucio Moreno (o la clase dentro del ruedo)

Descubrí un día un hermano
cuando menos lo esperaba,
un gran torero con clase
reventado de cornadas.

Lo habían echao de su casa
una vez y luego otra,
dejándolo con lo puesto,
solo y el alma rota.

El es mi cuñado Lucio;
más que cuñado, un hermano,
con un corazón tan grande
que no le cabe en la mano.

Lucio es una de esas personas
cuyo trato es una delicia,
y en esta vida o en la otra
un día se le hará justicia.

Cuando dentro de muchos años
mi cuñado suba al cielo,
le darán la suite nupcial
y un minibar con hielo,

…una botella de anis,
un sitio para su "chica",
un montón de buenos libros
y mucho tabaco de pipa.

Mientras ese día llega...
dentro de mucho tiempo,
yo sé que con su apoyo
es algo que siempre cuento.

Ya vendrán tiempos mejores,
pues en verdad los mereces.
Que la amistad no deteriore
y nos veamos muchas veces.
Y no es por echarte flores
aunque sé que lo parece,
mas eres un tío con valores
que siempre que puede se ofrece.

A JUAN ANTONIO PRIEGO GONZÁLEZ DE CANALES (o la fórmula magistral del perolete)

Me recibía siempre ufano,
vestido de anestesista,
con su trato campechano
quitaba carpetas y planos,
y en su mesa de escribano
me despejaba una arista.

Boticario hiperactivo,
motivador de soslayo,
optimista por castigo
y sanador de caballos.

Por si un mal día las moiras
lo hicieran cruzar el Hades,
ya se sabe de memoria
lo de las Cuatro Verdades,
y domina la oratoria
como Séneca o Melquiades.

Cordobés y hombre de bien
parece que queda alguno
resguardado en mentideros,

Si huyes del todo a cien
y del tertuliano bajuno,
vete a Cinco Caballeros

Sabrás quién es por la sien,
por su pinta de tribuno
y por reírse el primero.

A Arturo Pérez-Reverte

A mitad del siglo veinte
y en tierras de Cartagena,
parieron a un niño prudente
con sal del mar en las venas,
que a resguardo del relente
leía un buen libro en la arena.

Bebió de Hergé, Quevedo,
Stevenson, Meville o Conrad.
Luego empezó con denuedo
a escribir bellas historias.
Es mucho placer el que debo, 
y yo soy un hombre de honra.

Yo envidio a los Mosqueteros, 
que se batían en camisa,
a aquel Capitán que persigue 
la ballena blanca aprisa;
pero más a Scaramouche, 
y su eterno don de la risa.

Estos ripios inmaduros
yo le envío a la Academia.
Sólo ¡Gracias!, don Arturo
ya sé que el tiempo le apremia.
No tengo Facebook, ni muro,
mas me atrevo, con la venia.

Puedo ver que, tras la espuma,
ya recogió todo el trapo.
En el regazo un buen Dumas,
dispuesto a pasar un gran rato.
Ya puede incendiarse la aldea,
y ya pueden tocar a rebato.