Poesía empresarial

A Iván Barra, 52º (¡Perdón!)

Tenía una tienda de gafas,
pero él nunca la quiso,
un agujero en la calva
del que hizo caso omiso,
y no sé si un par de casas
o eran un par de pisos.

Una tienda de animales
con una clientela de lujo,
que no tenía modales,
y para colmo de males,
un inspector de humedades
que un día le dijo: ¡te crujo!

Una hija a la que adora
y a la que cuida con nota,
una barca con eslora
y una cuerda que no flota,
si hay que tirar sin demora
por si hubiera gaviotas.

Y dicen que tiene un badajo
colgando del pantalón
que es un bordón del carajo
y si hay una mujer debajo
siempre le dice: ¡Perdón!

Hoy

Hoy no tuve un accidente,
no visité un hospital,
tuve el calor de mi gente,
y tomé un vino decente 
en mi copa de cristal.

Los míos sé que andan bien,
no padecen grandes males,
yo creo que de uno al diez:
"las que ... por las que salen".

No fui al tanatorio esta vez,
no hay guerra aún en mi calle,
comí dos veces o tres,
y con el mundo al revés,
la verdad, es un detalle.

No me abrieron una vía,
hoy no vi al anestesista,
creo que fue un buen día:
Con todas las agonías
que se cruzan por la arista,
yo doy gracias porque había
siempre abajo un trapecista.




El túnel de lavado (a los resilientes)

La vida es como un túnel de lavado,
hay un antes y un después de echar la ficha,
te crees que tienes todo controlado,
que mañana será igual que pasado
hasta que sufres algún día una desdicha.

Te agitan y te echan el jabón,
empiezan a girarte los felpudos,
un cáncer, un ataque al corazón,
un despido, una separación,
o algo con los niños, que es peor,
y te sientes impotente y aún desnudo.


Y después de aquél secado
en que al final
alumbra el sol después de la tormenta,

La vida te ha enseñado
que da igual
y que no es más feliz quien aparenta,

Que hay que dejar de lado
lo banal
(las cosas que de amor están exentas)