Poesía empresarial

A Nani, 52º (o el jardinero fiel)

Poda, arregla y decora
eventos, garitos y salas.
Disfruta si puede las horas,
sabiendo que, sin demora,
llegarán un día las malas,

Se ampara bajo su gorra
ajustando la visera...,
cuando ese sol que torra
pega fuerte en las palmeras;
y lo que puede lo ahorra
pa´ pegarse una vidorra
de un rockero de primera.

Hoy sopla cincuenta y dos
el niño de Holland Flowers,
el James Hetfield del Skol,
y el Dave Grohl del Cable.

A Salvador Morero Cuéllar, IN MEMORIAM (o la mirada del Ángel)

Con la frente despejada,
y una mirada bien noble,
se reía con su mirada …
como aquél que no hace nada
sin saber que te da el doble,

Siempre lo vi caminando
ya hiciese buen tiempo o malo,
entre Juanar sonriendo,
y hacia Sierra Blanca yendo
con su hablar y con su palo,

Ya no quedan en España 
hidalgos de esa ralea,
un tipo que, sin patrañas,
se enamoró de una maña
y la trajo a tierra extraña
cogiendo sitio en platea:
allí donde el sol se baña,
y allí donde las montañas
duermen con la marea,

Salvador nació en el Ángel,
por donde La Concepción,
dejad que esta historia zanje
ahora que tengo ocasión:

Llevando ese gentilicio
lo llamó allí desde el cielo
aquél que los hilos teje,

y hoy les presta sus servicios
con su chanza y su desvelo
… de jefe de los conserjes,

En cuanto halla un resquicio,
se atusa sus cuatro pelos
y va a andar donde le dejen.

A mi primo Abel (… y aquellos rebeldes rizos)

Cuarenta y uno haría hoy
el que fue mejor de todos, 
siempre estaba al “liquindoi” 
y nunca tuvo un mal modo.

Era el coco más despierto
de toda esta extraña familia: 
simpático, noble, un experto, 
que hacía las cosas sencillas.

Hace tiempo que marchó, 
montado en su Rocinante
y a todos nos enseñó,
él, que venía de Cervantes, 
la humildad y la pasión, 
con su eterno cinturón 
mientras miraba el volante.

Entonces no lo entendí
mas hoy que ya tuve niños, 
mando un beso desde aquí
a los que todo el cariño, 
desde el principio hasta el fin, 
le dieron a aquél lampiño,
eso vale un potosí...
y es más puro que un armiño.

A veces me acuerdo de Abel 
y aquellos rebeldes rizos,

lo bien que se estaba con él, 
lo bien que las cosas hizo, 
fresco como un clavel... 
fiable como un reloj suizo.