Dicen que naces, creces, te reproduces y mueres, que aunque no te lo mereces, a veces aciertas con creces, que tienes superpoderes, y que aunque no lo parece siempre haces lo que puedes,
que apostaste todo al rojo, porque siempre confiaste, que lo miras de reojo, verlo estudiar con arrojo más de lo que estudiaste,
que le dices ¡no lo dejes, que estudiar es un tesoro!, déjame que te aconseje y ¡échale coraje al toro!,
y que ya ha pasado el tiempo y te saca una cabeza, sabe volar contra el viento, te ha superado en talento y te doblega en destreza, y tú eres ya un peón lento que mueve despacio la pieza,
y en medio de la partida te adelantó en el tablero, tiene delante la vida... y tú buscas ya la salida y ponerte de portero,
y sonríes con el relevo, eso es algo necesario, y cuatro con las que llevo a que mojaste el babero cuando subió al escenario.
Tenía unos ojos saltones como las gambas cocidas, y escribiendo estos renglones se me caen dos lagrimones, estas cosas no se olvidan,
tenía una plancha genuina y una barra haciendo ele, no sé si tenía cocina, yo siempre pillaba la esquina a donde estaba la tele,
la plancha era una paleta como la de esos pintores, había gambas, panceta, pinchitos y hasta brochetas, y una espátula pureta que tenía dos mil colores,
Pepe fue ese tabernero que tenía una sonrisa, y siempre fue un caballero cuando no tenía dinero, ni móvil, ni miedos, ni prisa, y aún me llegaba el pelo al cuello de la camisa,
quedaba con mis amigos, giraba por calle Princesa, y alguien decía ¿qué te pido? y ya tenías contigo un abrazo y una cerveza,
saludabas a los tuyos que llegaban poco a poco, y en medio de aquel barullo, Pepe sonríe con orgullo y entonces casi lo toco,
pero aquello ya pasó hace muchas primaveras, y hoy dije ¿porqué no?, retratemos al señor que apoyao en la nevera, nos hizo un poco mejor en la época ochentera,