A Ana Montes, donde habita el olvido.

Sabe más por lo que calla
que por lo que a veces te dice,
una sonrisa canalla,
quizás restos de metralla,
quizás también cicatrices,

siempre dispuesta a ayudarte
tiene esa voz de mamá,
que cuando ibas a acostarte
iba a la cama a taparte 
y viajabas a NuncaJamás,

lleva las redes sociales,
en eso es la jefa y dueña,
y usa cien decimales
y algoritmos especiales
pa´darte una contraseña,

mil geranios, cien gardenias,
un vergel en la terraza,
un Asier en la academia,
un hombre con quien congenia
y un perro que nunca caza,

siempre tiene una sonrisa,
siempre transmite descanso,
solo tiene una premisa:
Dios nos salve de los mansos,

como ya dijo Sabina:
llevaba ojeras malvas
y barro en el tacón,

y cuando la noche termina,
cuando ya despunta el alba
... sale desde Alcorcón.


A don Manuel Martín, o a la orilla de Pedraza.

... luce calva y bigote,
y de entrada ya te llega,
es como un don Quijote
que sin que nadie lo note
nunca te pone una pega,

y tú te preguntas por dentro,
la profesión de este artista,
y él te inspecciona lento
y va levantando su vista,
y te dice tan contento:
¡mire usted, yo fui taxista!

fue taxista de por vida,
pululando por Madrid,
con la espalda dolorida
cruzando por avenidas
sin descansar ni dormir,

hoy es jubilado sano,
manitas empedernido,
que solventa con sus manos
y sus tablas de decano
cualquier roto o descosido,

dos mil millones de millas
a través de su volante,
y ahí tienes a este tirillas
que se aupa en una silla
con su cómodo talante,
¡qué bueno, qué maravilla
que con tanto pacotilla
haya caballero andante!



A Jorge Iglesias, el Gandalf elegante

Es un Gandalf sin melena,
un señor de los de antes,
con una voz que resuena,
un tipo que vale la pena 
y nunca te hace un desplante,

tiene aún joven la mirada,
sabe callar y escuchar,
las rodillas destrozadas,
un traje con mil cornadas
que aún no quiere colgar,

toca instrumentos viejos
canta como en el medievo,
y siempre me da consejo:
¡que mis visiones, pendejo,
condicionan qué me llevo!,

sus Jaime, Pedro y Rocío
a los que ya no ve el pelo,
y aunque ya no hay griterío,
aún no hay nido vacío...,
María aún le quita el frío
y siempre le queda su Chelo,

es un Gandalf sin melena,
un señor de los de antes,
que en las tardes de faena,
... cuando la plaza resuena,
aún no hay toro que le achante.