Poesía empresarial

La violinista

Ella rasgaba las cuerdas 
del arco de su violín,
tenía la espalda hecha mierda,
doce euros en la cuenta
y nueve en el calcetín.

Juntaba el violín a su cuello
y le entregaba su alma,
y hasta el último resuello
aquello era todo un destello
de algo perfecto y en calma.

La gente pasaba a su vera,
se giraban y seguían,
algunos echaban monedas,
otros cruzaban de acera;
... pero ella no los veía.

Solo escuchaba las notas
y seguía su partitura,
con sus medias medio rotas,
sin poder pagar las cuotas,
... lejos, sola e insegura.

Y en eso abre los ojos
y ve que no es una falacia,
que una niña, con sonrojo,
la saca de sus despojos
cuando le susurra: ¡Gracias!







Por qué nos hacemos viejos

Por qué nos hacemos grandes,
por qué nos volvemos serios,
por qué la estulticia se expande
sigue siendo aún un misterio.

Por qué ya no nos reímos,
por qué la vejez no te avisa,
por qué los niños que fuimos
se marcharon tan deprisa,
por qué lo mejor que vivimos
lo hicimos siempre sin VISA.

Qué hay que hacer si en el felpudo
alguien dice "truco o trato",
por qué se ha perdido el saludo
si no hay nada más barato.

Por qué cuando voy creciendo,
voy perdiendo y creo que gano,
lo más valioso es el tiempo,
yo cojo el circo y lo vendo
y a jugar con los enanos.

Por qué nos hacemos viejos,
y ahora que entiendo la vida,
no me tornas los reflejos
... y me envías a la Salida.





Llegué a las puertas del cielo, me cachearon en la entrada

Llegué a las puertas del cielo,
me cachearon en la entrada,
me quitaron los desvelos,
la casa, el coche, el dinero,
las tonterías, las bobadas,
... si he de serte sincero,
no me dejaron nada.

Lo único que te dejan
son los ratos que has vivido,
los hilos de la madeja
que con tus manos ya viejas
en esta vida has tejido.

Los besos y los abrazos,
las caricias y las risas,
aquellos telefonazos
en que te diste el gustazo
de llamar a alguien sin prisa.
Los brindis, los momentazos,
tus niños en tu regazo,
el partirte la camisa,
aquellos primeros flechazos,
los corazones de tiza.

Los ratos con los amigos,
aquellos atardeceres, ...

Los "tenía que haber ido",
los "quiero llamar y me olvido",
puedes tirarlos si quieres,
allí San Pedro y Cupido
ya no te mandan deberes.